Introducción
Recuerdo una reunión en una empresa manufacturera de Medellín a principio de año, donde un gerente del Eje Cafetero expresó su preocupación sobre la aplicación de la Ley 2173/21 en su empresa. Se le planteaba una obligación legal nueva, la cual no estaba presupuestada en el ejercicio de 2026 de su empresa y para la cual no tenía recursos disponibles. En ese momento, me di cuenta de que la normativa ambiental era un tema más complejo que el de balancear el cash-flow de una empresa que ya va al límite. Esta ley requería de una comprensión profunda de las necesidades y desafíos de los ecosistema generales en Colombia.
Por si alguien anda perdido: La Ley 2173/21 se aplica ya en 2026 y busca reducir la huella de carbono y promover la sostenibilidad en el país obligando a medianas y grandes empresas a sembrar 2 árboles por empleado en nómina. Y no solo eso, sino mantenerlos vivos dos años bajo condiciones reglamentadas y auditorias. Sin embargo, la implementación de esta norma en Medellín y el Valle de Aburrá enfrenta desafíos significativos y no lo digo desde una perspectiva económica. La falta de infraestructura pública y conciencia ciudadana sobre la importancia de la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero y restauración de lo que nos pertenece, y no solo a los colombianos sino al mundo entero, entorpecen su aplicación.
Desafíos y oportunidades
En dicha reunión con la empresa de Medellín, trabajamos sobre números, presupuestos revisados y re-revisados; cootizaciones de árboles segregados por especies iban y venían. Nos pasamos la tarde rehaciendo cálculos de costes logísticos según áreas de implementación (recordemos que la ley permite sembrar en cualquier zona del país), etc. Y, personalmente, creo que no abordamos lo más importante: estamos creando un legado que perdurará más allá de nuestra propia existencia. Estamos generando bosques, habitas para otras especies con las que compartimos el planeta, mejorando (en lo que se puede) las condiciones climáticas del globo y luchando para que un trozo de tierra que gira en un espacio a priori inerte siga manteniendo la vida que conocemos.
Ese es el punto. Cumplir una ley está bien. Evitar sanciones es de lo mejor en la vida. Ganar fama y credibilidad empresaria con inversión en ecología está de moda. Pero detrás de todos esos argumentos hay uno que pesa más y del cual no se habla: cuando ya no estemos quedará un legado que se medirá en hectáreas, en especies que no desaparecerán, en genética forestal que perdurará su camino de millones de años y en vida.
En resumen, la aplicación de la Ley 2173/21 en Medellín y el Valle de Aburrá es un desafío que requiere de una introspección individual más allá de la colaboración de entidades gubernamentales, empresas y comunidades. Es fundamental que se desarrollen programas de educación y conciencia ambiental para promover la sostenibilidad y la reducción de emisiones en la región y en el planeta entero. El capitalismo es seductor, pero debemos ser conscientes del precio que estamos pagando. Y en la medida de lo posible, compensarlo.
Gracias por leer <3
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