La reforestación en Colombia ya no se decide solo en oficinas
Hay un cambio silencioso que está pasando casi desapercibido. Pero ojo, porque es importante.
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La reforestación en Colombia ya no se está diseñando únicamente desde despachos en Bogotá o desde juntas directivas. Está empezando a construirse en el territorio. Con la gente que vive allí. Y eso lo cambia todo.
La aplicación de la Ley 2173/21 está "empujando" a empresas a trabajar directamente con comunidades locales. No es solo una opción bonita para el informe anual. Es, en muchos casos, una necesidad operativa.
Porque alguien tiene que conocer el terreno, cuidar los árboles, entender el clima, el suelo, los tiempos. Y eso no se aprende en un PowerPoint.
En teoría, es una oportunidad enorme. Genera empleo, activa economías locales y reconoce conocimientos que llevan décadas ahí (aunque muchos miraban para otro lado).
Pero tampoco es un camino limpio. Empiezan a surgir tensiones. Quién gestiona los proyectos, quién recibe el dinero, cómo se reparten los beneficios. No es raro. Estamos hablando de territorio. Y el territorio, en Colombia, nunca ha sido un tema sencillo.
Además, todo esto debe alinearse con los principios de participación de la Ley 99 de 1993. Es decir, no es solo buena voluntad. También es obligación.
Hablando con alguien de una comunidad hace poco, me soltó una frase que se me quedó clavada: "Aquí no necesitamos que vengan a sembrar, necesitamos que nos dejen decidir". Y claro, ahí ya no estamos hablando solo de árboles. Complejo, ¿no?