El laboratorio que vale millones sin saberlo
Una tarde de miércoles en un semillero de la Universidad Nacional sede Medellín, cuatro estudiantes de ingeniería forestal están mapeando la cobertura boscosa de una cuenca del suroeste antioqueño usando imágenes satelitales Sentinel-2. Su trabajo, que avanza sin presupuesto de investigación significativo, podría convertirse en una herramienta de monitoreo para proyectos de la Ley 2173 en esa región. Eso es, en esencia, lo que ocurre en decenas de semilleros universitarios colombianos: ciencia aplicada al problema forestal del país, hecha por quienes más tienen que ganar en que ese problema se resuelva.
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Áreas de investigación más activas
La ecología de la restauración estudia cómo recuperar ecosistemas degradados de manera efectiva y a largo plazo, definiendo las combinaciones de especies nativas que mejor funcionan por región. La biotecnología forestal avanza en la propagación in vitro de especies nativas amenazadas, resolviendo el problema de la disponibilidad de material vegetal certificado que enfrentan muchos viveros. La teledetección y SIG aplica imágenes satelitales y sistemas de información geográfica al monitoreo ambiental a escala regional. Y la investigación sobre carbono del suelo cuantifica las reservas de carbono en suelos de diferentes biomas colombianos, aportando datos científicos que sustentan los proyectos de bonos de carbono.
La transferencia al sector privado: el eslabón que falta
El reto es convertir el conocimiento generado en los semilleros en soluciones que las empresas puedan aplicar. Algunas universidades (los Andes, la Javeriana, la UTP de Pereira) han creado oficinas de transferencia tecnológica que facilitan este paso. La Ley 2173 ha creado una demanda real de conocimiento técnico forestal que las universidades pueden satisfacer, si logran establecer canales fluidos de colaboración con el sector empresarial.