La contradicción ambiental vuelve a aparecer en el arranque de 2026
El país arranca el año con una paradoja incómoda. Por un lado, se impulsa la siembra masiva de árboles. Por otro, la deforestación sigue avanzando en zonas clave como la Amazonía.
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No es un problema nuevo, pero sí persistente (del que muchos ya estamos cansados). Las dinámicas que impulsan la pérdida de bosque siguen ahí: ganadería extensiva, economías ilegales y ocupación de tierras. Cambian los discursos, se proclaman nuevas intenciones, más fuerza para cuidar de lo que es nuestro, pero en realidad, el desbalance continúa.
El Gobierno mantiene su compromiso con la reducción de la deforestación, apoyado en políticas públicas y acuerdos internacionales. Sin embargo, los resultados no siempre acompañan a esa narrativa.
La Ley 2173/21 entra en este contexto como una herramienta de restauración, pero varios expertos insisten en que no puede entenderse como solución única. Sembrar árboles no compensa automáticamente la pérdida de ecosistemas maduros (como podrás imaginar).
Un investigador ambiental me lo resumía de forma bastante cruda: "No estamos yendo al ritmo que deberíamos". Y sin embargo, somos de los pocos países con una política ambiental tan dura y sólida (¿será que el problema es mundial?).
Y ahí está el matiz importante. Restaurar no es replicar ni compensar realmente. Un bosque primario tarda décadas, incluso siglos, en desarrollarse plenamente.
Además, el control territorial sigue siendo un desafío. Las autoridades ambientales regionales no siempre cuentan con recursos suficientes para intervenir de forma efectiva (esa es una realidad dolorosa).
Así que el arranque de 2026 deja una sensación un poco agridulce. Hay más acción, sí, pero también más urgencia. La duda es inevitable: ¿estamos avanzando o simplemente intentando no retroceder demasiado? Como sea, viva nuestro país, nuestra gente y nuestra naturaleza. Amo a Colombia.